Luces que prenden y apagan

Un domingo más me siento frente a la computadora para ver a River,  el nivel de juego demostrado en los últimos partidos ilusiona, mientras entra el equipo buscas ver el rostro de cada uno de los jugadores, pero sobre todo el del líder, Marcelo Gallardo porque es de esas personas tan transparentes que con sus gestos ya demuestra cómo están las cosas.

La cara del Muñeco suele anticiparlo todo y ayer dejaba ver que las cosas no iban a ser perfectas y así lo fueron. La defensa estaba en un carnaval interminable, el grito de “vamos los pibes” de los locales se volvía cada vez más intenso y nuestros jugadores parecían sumidos en un sueño donde no sabían que hacer, había momentos en los que despertaban y aparecía alguna definición imprecisa de Borré, pero la situación se asemejaba a la sensación de cuando estás en un lugar y te empezas a dormir, el cabezazo de golpe donde recobras el sentido, logras concentrarte por unos minutos pero luego volves a dormirte.

Y continuando con la comparación del sueño, se cortó la luz si el Florencio Sola de repente quedó oscuro, parecía que pretendía metafóricamente dormirnos del todo. Del otro lado de la pantalla empezó la sensación de bronca e incertidumbre ¿Qué pasó? ¿Cortaron la luz apropósito? ¿Ahora cuando se reanuda? ¿Se viene el alargue interminable?, esto pasó por la mente de todos durante esos minutos que parecían interminables. Incluso la idea de “teníamos la ventaja nosotros justo” y especular,  si no se cortaba  la luz quien dice abríamos el marcador.

La luz volvió y nada cambió, Armani sufría miles de pelotas de fuego que lograba controlar, no había reacción, nos fuimos al entretiempo en cero, pero con la cabeza a pensando a mil por hora los cambios, necesitábamos literalmente luz, sí que un genio frotara la lámpara o lo más acertado que se nos prendiera la “lamparita” para ganar en el Sur, porque todo giraba en torno a la obsesión de clasificar a la Libertadores 2020.

Arranca el segundo tiempo con el ingreso de Camilo Mayada por Nacho Fernández que condicionado por la tarjeta amarilla casi nos dejó al borde del infarto, no queríamos siquiera imaginar quedarnos con 10, en un duelo donde no encontrábamos la vuelta. Lastimosamente tempranito sentimos la puñalada, porque eso es lo que nos pasa cada vez que le meten un gol a Armani, un dolor que arde y nos atraviesa. Sentimos desangrarnos en el pensamiento de que nos alejamos del objetivo, ahí se hizo real la necesidad de un milagro que se vuelva el punto de sutura a esa herida, para seguir.

Dormidos, con un cachetazo encima, cargados de bronca pasaban los minutos y Juanfer nos daba algunas de sus mejores delicias que intentaba calmar las aguas, pero no alcanzaba. Salió Borré, entro Pratto y pensamos “acá tiene que venir el gol”, pero se hacía esquivo la pelota pegaba en todos lados no quería entrar, el sueño continuaba, ingresó Ferreira por Montiel y sentí el golpe perdíamos uno del fondo, pensé encima que veníamos mal nos pasa esto, creo que más de uno al leer esto recordará haber sentido algo parecido.

Pero cuando el partido se acababa junto con la ilusión, surge el penal a modo del golpecito de despertarse otra vez, los ojos encima de Pratto, la fe intacta de seguro lo mete, las manos entrelazadas pidiendo al universo que esa pelota le entrara a Arboleda como sea. Pero corre los doce pasos y como en una pesadilla tapan el remate, pero no alcancé a agarrarme la cabeza porque en el rebote entró, sí fue rápido, agónico, literalmente se hizo la luz, apareció el milagroso gol.

Ahí se despertó River, se prendieron las luces en esos últimos minutos donde ya no había más tiempo, pero sobraba el aguante de los que queríamos ver el 2 en el marcador y nada sucedió porque River se encendió cuando en Banfield apagaban la luz.

Por: Perla Antonela Fernández Tw:@PerlaAntonela96

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