La venganza es un plato que se sirve frío

Fuimos testigos de una hazaña lograda por un equipo que quedará por siempre en la historia del club. Le pido disculpas a Amadeo Carrizo, el único sobreviviente de La Máquina, porque dados los logros me atrevo a mencionar que lo realizado por Gallardo tiene un plus que lo ubica un escalón por encima de aquella gloriosa época. Como también lo alcanzado por el plantel de Ramón Díaz que levantó la Libertadores del ‘96, el tricampeonato y la Supercopa ‘97. No fue nada fácil llegar hasta acá, fueron años de trabajo, de apoyo, de buscar levantar aquel desastre que llegó en manos de dirigentes y técnicos años atrás. Y el motor fue darle una lección al eterno rival que tanto se burló del momento que atravesamos allá por 2011. Porque nos caímos, tocamos fondo y nos levantamos. Pero como dicen que el que ríe último, ríe mejor, a razón de trabajo, humildad y sacrificio pasamos por algo que nunca más se repetirá y quedará en la memoria de todos los riverplatenses, por los siglos de los siglos.

Esta hermosa historia comienza, allá en 2012, en el primer superclásico post descenso, con Ramón Díaz en el banco, me conformaba con ganar para demostrar que estábamos vivos. No se dio e injustamente Boca nos empató el partido porque todavía estábamos verdes. En el torneo siguiente empatamos 1-1 de visitante. El Millonario continuó con su etapa de adaptación y logró un subcampeonato, que no sería poco luego de volver a Primera, pero ganarle a Boca era la gran cuenta pendiente porque el balance era un segundo puesto habiendo perdido en el  Monumental contra Boca.

Sin embargo, todo tenía una razón de ser, era mejor humillarlos en su casa. En el torneo siguiente, ya en 2014, Ramiro Funes Mori se encargó de cerrarles la boca y darnos esa inmensa alegría. Luego River salió campeón, Boca segundo. ¿Justicia? Faltaba mucho, porque Gallardo todavía no había llegado al Millonario. La demostración de grandeza tenía que ser bajo un marco más relevante que un torneo local, con las cartas sobre la mesa. Entonces el destino nos puso delante una eliminación por Copa Sudamericana. Después del 0 a 0 en la Bombonera, al empezar el partido en casa Boca tuvo un penal a favor. Pero tenía que ser así, para qué sufrieramos. Y el final fue hermoso, eliminación y a las semanas dimos la vuelta. La primera internacional después de 17 años. ¿Ya estaba cerrado el capítulo de la B? No, Boca seguía burlándose a pesar de quedar afuera en manos de su eterno rival.

La apuesta subió al año siguiente, por delante la disputa era nada más y nada menos que una serie por Copa Libertadores. Los antecedentes eran negativos, porque en las ocasiones anteriores, 2004 y 2000, River no había logrado avanzar. Pero de un lado había un equipo, una idea, del otro individualidades y disputa de egos. Se notó en el partido de ida, donde el equipo de Gallardo se impuso 1 a 0. La vuelta fue un papelón. Un ataque sobre los jugadores en el entretiempo suspendió el encuentro y la Conmebol descalificó a Boca. En la final, el Muñeco levantó su segunda Libertadores, la primera como técnico. Era la gloria para el club si uno miraba para atrás. Habían pasado tres años nomás desde la vuelta a Primera y River demostraba para qué estaba.

A pesar de que le desarmaron planteles Napoleón supo crear una identidad. El cuerpo técnico armó grupos con tres jugadores fijos. Uno por línea. Maidana, Ponzio y Mora. Todos tirando para el mismo lado. Bajaron las revoluciones en 2016 y 2017, porque Gallardo tenía por delante el plan de reivindicación final. En marzo, la final del campeón del torneo local, Boca, contra el campeón de la Copa Argentina.

Ganarle una final a los xeneixes sería una manera de silenciarlos. Y así fue, sin embargo, no aprendieron. Sin notar que estaban derrumbados, jugadores, referentes e hinchas continuaban hablando de más. Desde la vereda de enfrente, del lado correcto, muchos festejábamos como si fuera algo único el título en Mendoza.

Hasta que llegó la entrada al cielo. La Copa Libertadores 2018. Una serie eliminatoria adversa. Racing, Independiente y Gremio, el último campeón. La final sería un capítulo más para que cuando nuestros hijos nos pregunten porqué somos de River, cómo es que estuvimos en la segunda división, y si se sale de eso tengamos la mejor respuesta. Tuvimos que disputarnos el mayor trofeo continental con aquellos que disfrutaron de nuestra desgracia. Y dicen que todo vuelve en la vida. El partido de ida se demostró en el campo de juego las diferencias entre los dos equipos. River con la unidad del equipo, que supo levantar dos veces el resultado y Boca que dependía de las individualidades de sus figuras. El empate dejó abierta la serie y se definiría en casa.

La tristeza de que nos robaron la localía y nos basurearon está presente y es un capítulo aparte para debatir cómo es que entró el micro en ese operativo de seguridad paupérrimo, como dirigentes fueron contra lo natural y todo lo que se habló durante las dos semanas más largas de nuestras vidas.

Pero querían ir a Europa y allá fuimos. Con el plantel golpeado, por haber perdido la última posibilidad de clasificar a la Libertadores 2018. En Madrid se mantuvo más unido que nunca y terminó de pisotear a quienes desmitificaron al mejor plantel de Sudamérica, ante la mirada de todo el mundo.

El problema que tenemos ahora es que con Gallardo uno nunca sabe cuánto más nos puede sorprender, y por delante tenemos el Mundial de Clubes. Vamos por más, con Gallardo todo es posible. Lo que sí, estos son los nombres que nunca debemos olvidar:

Arqueros: Marcelo Barovero, Nicolás Rodríguez, Julio Chiarini, Leandro Chichizola, Enrique Bologna, Germán Lux, Franco Armani y Ezequiel Centurión.

Defensores: Jonatan Maidana, Ramiro Funes Mori, Leonel Vangioni, Gabriel Mercado, Germán Pezzella, Emanuel Mammana, Eder Álvarez Balanta, Leandro González Pirez, Luciano Abecasis, Bruno Uribarri, Jorge Moreira, Luciano Lollo, Kevin Sibille, Milton Casco, Javier Pinola, Lucas Martínez Quarta, Gonzalo Montiel, Nahuel Gallardo y Marcelo Saracchi.

Volantes: Leonardo Ponzio, Carlos Sánchez, Ariel Rojas, Leonardo Pisculichi, Matías Kranevitter, Manuel Lanzini, Cristian Ledesma, Augusto Solari, Osmar Ferreyra, Tomás Martínez, Adrián Cirigliano, Guido Rodríguez, Martín Aguirre, Carlos Carbonero, Jonathan Fabbro, Gonzalo Martínez, Nicolás Bertolo, Camilo Mayada, Tabaré Viudez, Luis González, Pablo Aimar, Bruno Zuculini, Juan Quintero, Nicolás De la Cruz, Santiago Sosa, Exequiel Palacios, Camilo Mayada, Cristian Ferreira, Enzo Pérez, Ignacio Fernández, Matías Moya, Iván Rossi, Andrés D’Alessandro, Joaquín Arzura y Nicolás Domingo.

Delanteros: Rodrigo Mora, Fernando Cavenaghi, Teófilo Gutiérrez, Sebastián Driussi, Juan Kaprof, Lucas Boyé, Giovanni Simeone, Lucas Alario, Javier Saviola, Rafael Borré, Lucas Pratto, Ignacio Scocco, Julián Álvarez, Carlos Auzqui, Marcelo Larrondo e Iván Alonso.

Y en nombre de todo River, muchísimas gracias a nuestro técnico, Marcelo Gallardo, a los ayudantes de campo Matías Biscay, Hernán Buján, al preparador físico, Pablo Dolce, a los motivadores del plantel Marcelo Tulbovitz y Diego Gamalero, a la psicóloga Sandra Rossi a pesar de no haber podido curar la locura del Pity, a Alberto Montes por entrenar al pulpo Armani, a César Zinelli por analizar a los rivales, a Nahuel Hidalgo y Gabriel Gómez Stradi por analizar cada video y estar pendiente de cada movimiento de los jugadores, a los doctores Pedro Hansing, Santiago Spinetta, al psicólogo Pablo Nigro, a los kinesiólogos Jorge Bombocino, Enrique Confalonieri, Gastón Pandiani, Marcos Loyarte y Franco Bombocino, a quien se encarga de alimentar a nuestros jugadores, al responsable de aflojar los músculos del plantel, Marcelo Sapienza, al que comunica, Matías Ghirlanda y a los que preparan la vestimenta de nuestros soldados en cada partido, Raúl Quiroga, Manuel Tula, Ariel Scarpelli, Luis Valla y Diego Moreno.

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