¡Que noche, Teté!

Pasar del infierno al cielo en tan sólo menos de diez minutos, a eso sólo lo puede hacer el River de Gallardo. 

Cuando estábamos con un pie y medio afuera, apareció esa magia del River del Muñeco para sacarnos de la oscuridad y hacernos explotar en un grito al unísono, casi sin poder creerlo.

Obviamente que el partido se iba a sufrir, es semis de Libertadores y nadie te regala absolutamente nada. Viendo la formación de entrada el equipo iba a tener una pausa y con eso por ahí podíamos inventar algo.

Arrancamos a pleno, palo y palo, prendidos, moviéndonos, todos la pedían y Gremio hacia su juego idéntico a lo que fue la ida en el Monumental. No se sale de su libreto ni por joda y solo quería hacer tiempo y aguantar todo lo que podía. Encima la lesión de nuestra alma, de nuestro león que en una jugada había sentido el famoso pinchazo. No ligábamos una y nada salía, los planetas no querían mirar para este lado y estaban tomándose un descanso en la vía láctea mientras.

Si algo faltaba a esto, es una carambola carioca y en una serie de infortunios (de esos que te dicen que hoy no es tu noche), los brasucas se encuentran con lo impensado: otro gol y más posibilidades de seguir durmiendo el partido.

Los minutos pasaban y el milagro no sucedía. Volvíamos a errar los pases a dos metros de distancia, todo se embarraba, entrábamos en una desesperación lógica y el equipo se veía mejor pero no podía entrarle a un Gremio mezquino que solo buscaba cortar todo el tiempo.

Ver el segundo tiempo era ir desmoronándose lentamente. Pese a que la confianza en Gallardo y sus guerreros es completamente ciega y hasta el final hay que creer, el equipo había entrado en una vorágine de ir a la carga barraca y llevarse puesto al conjunto carioca. Pero todo nos costaba tanto como conseguir un poco de agua en el desierto.

El Pity no entró bien, Scocco con poca participación y el juego que se volvía monótono. La pelota la tenía más ¡la defensa millonaria! que los jugadores que realmente saben con el balón bajo la suela. Casi que estábamos al borde del dolor de ojos y nada nos despertaba de la pesadilla.

Las caminos no estaban, alguien los había borrado, era como ir con un mapa todo borroso, pasado por agua cuando nos vamos de camping a San Pedro y pasas por un charco y se cae todo justo ahí más o menos. Tuvo que aparecer Armani para sacudirnos y despertarnos un poco. Fue la vida que nos faltaba para salir a flote.

Pero el Muñeco tiene un dios aparte, por algo todo el mundo millonario cree en Marcelo Daniel Gallardo y hasta que el árbitro pite el final hay que saber que algo puede terminar sucediendo.

El gol de Borre (tras un centro del Pity) a falta de diez minutos para el cierre es como la reanimación a la persona que le está agarrando un paro respiratorio. Esa bocanada de aire que te hace confiar en que se puede y le tiras las dudas para el otro lado.

Fue en el último momento donde River podía meterla, porque ya nos quedábamos sin tiempo. El grito desesperado entre la esperanza y la bronca de decir “porque no podía llegar antes”. Pero señores, esto es River y en el último tiempo sin sufrir no vale y así tiene que suceder.

El penal por mano del defensor carioca fue la previa al éxtasis que nos podía faltar. Esta vez el bendito VAR quiso ver y nos dio la posibilidad de lograr la diferencia en el marcador. Y lo cobro el uruguayo Cunha. El mismo que hace un año no vio las jugadas polémicas en la cancha de Lanús en la misma instancia de la Libertadores.

Encima estuvimos diez eternos minutos esperando a que la situación se normalice, luego de la sanción de la pena máxima y la reacción de los locales, que por mezquinos le sucedía eso, porque nunca salió a jugar el partido sino solo a cortar y no dejar jugar a este hermoso deporte que tanto nos apasiona.

Y qué decir de lo que fue el final. 13 minutos para el sufrimiento, literal. El cronómetro parecía ser un relojito de arena, peor que el de los juegos de mesa de cuando yo era chico. Los segundos eran eternos y los minutos no se terminaban. Hablando coloquialmente, había que terminar con los h… en la garganta. Pero qué lindo es ganarle así a un equipo que hizo tiempo todo el encuentro y solo quería cortar las jugadas para que no pudiésemos progresar en el campo. El disfrute es el doble y me quede sin voz de tanto desahogo, con mucho gusto.

Me agarraba al rosario, rezaba, pedía, solo necesitaba que pasara ese tiempo y que el colegiado de por finalizado este suplicio de 180 minutos. Porque la ida en el Monumental fue una cosa calcada de lo que ocurrió en el Arena Do Gremio, pero que al Mas Grande le costó entender y destrabar, algo que nos llevó más de la cuenta, pero llegamos a un final feliz. Abrazos con desconocidos, mensajes por WhatsApp, Facebook y cualquier red social con la persona que sea. Lo importante es compartir este lindo sentimiento riverplatense de corazón y unirse en una hermandad que ahora tiene dos paradas más en busca de la tan ansiada Libertadores.

La parte importante la cumplimos, nosotros pasamos y ahora que se venga quien sea. Obviamente que con los primos seria lo que todo millonario desea, pero hay que ver si tienen lo necesario para pasar y no les pinta abandonar una vez más, algo que conocen y bastante.

Por nuestro lado, podemos sentarnos, relajarnos, disfrutar de este momento y ver quien se vendrá la semana que viene en lo que será el primer chico de la final del torneo más importante de América. Sí, es increíble decir que llegamos a la segunda final de este torneo en cuatro años. Pero Gallardo todo lo puede.

Es por eso que sea quien sea, definamos en Núñez o en Brasil, a este equipo hay que bancarlo a muerte. Nos dio una nueva oportunidad de ver a nuestro amado club en una final. Son dos partidos a todo o nada, sin gol de visitante, es pato o gallareta, pero tenemos con qué enfrentarlo. A explotar el Monumental y bancar a los jugadores de visitante sea donde sea, porque estos futbolistas, bien llamados guerreros, van a salir a la cancha y dejar la vida por esta camiseta y por los colores. Vamos River Carajo por otra Libertadores, a dejar el alma. “Nosotros alentamos, ustedes pongan huevos. Vamos todos unidos, vamos no nos quedemos”.

Por: Nicolás Ezequiel Pozzi

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