Carlos «Pato» Sánchez

Carlos Sánchez fue una de las figuras claves del River multicampeón de Gallardo. Tuvo dos etapas en el Millonario, donde consiguió 4 títulos, todos internacionales.

El negro Sánchez empezó su carrera en el año 2003, en el Liverpool Fútbol Club, de su Montevideo natal. Jugó allí hasta el 2009. En un amistoso que disputó su club contra Godoy Cruz, Carlitos la rompió y le dio motivos al Tomba para comprar su pase.

En el equipo mendocino tuvo muy buenos rendimientos, le convirtió a Boca en una paliza donde lo derrotaron 4-1 en la Bombonera – no sería la única vez en su carrera, claro – y también mojó por Copa Libertadores.

Llegó a River en el peor momento institucional, político y futbolístico de la historia del club, cuando militaba en la Segunda División del Fútbol Argentino. Quizás esto es lo que resulta más valioso del propio camino de Sánchez en el Millonario. No llegó a un River campeón, ordenado ni tranquilo. Llegó a un equipo desesperado, sufrido y en pleno caos. Hizo cuatro goles en la temporada para ayudar al club a volver a Primera. Se comenzaban a vislumbrar las potencialidades de su juego, aunque aun bastante desordenadas. Un tal Marcelo Gallardo se encargaría unos años después de acomodar esas piezas dentro del Pato.

Ya de regreso en la máxima categoría, jugó el Inicial 2012 y Final 2013. Disputó casi todos los partidos – 34 sobre 38 – y convirtió seis goles. Apenas iniciada la siguiente temporada jugó en River un solo partido y Ramón lo mandó a préstamo. Aterrizó en México para jugar en Puebla, una región cercana al Distrito Federal.

Hasta aquí, detallamos puramente datos, estadísticas. Nada que haga prever que Carlos Sánchez se convertiría en uno de los mejores mediocampistas por derecha en toda la historia rica de este club.

Cuenta la leyenda que cuando regresó del préstamo, se juntó en una salita del Monumental con el flamante entrenador del Millonario: El Muñeco le mostró un video editado de jugadas e intervenciones de Sánchez tanto en su paso anterior por River como en su último equipo. El Negro, miraba, escuchaba atento a ese hombre que reflejaba y trasmitía seguridad. “Esto es lo que quiero que no hagas” le dijo Marcelo. Y Carlos aprendió. Aprendió allí lo que no debía hacer. Pero aprendió luego, a lo largo de todo su vínculo jugador-entrenador, lo que sí tenía que hacer.

Lo que siguió fue conocido. Un River abrumador en las primeras fechas de aquel Campeonato 2014, la obtención de la Copa Sudamericana de ese año, tras 17 de sequía en el plano internacional y el pasaje para disputar la Recopa Sudamericana en 2015 contra el campeón de la Libertadores, nada menos que San Lorenzo de Almagro. Aquí nos detendremos un instante. Sabemos que River salió campeón también de esa competición. ¿Resultará exagerado decir que esa copa la ganó Carlos Sánchez, él solito? Quizás sí. El fútbol es un deporte en equipo, son once los jugadores que salen a la cancha y bla. Lo cierto es que el Negro hizo los goles para que su equipo ganara 1-0 tanto en la ida como en la vuelta. Sí, un tipo que se acostumbraba a convertir en los partidos finales, en los momentos decisivos. No serían los últimos, ni por asomo.

Contemos un poco del juego que aportaba Carlitos en River. Cuando quería era un tractor que se llevaba todo por delante para llegar a la línea de fondo y tirar centro. Cuando deseaba se la guardaba para él, para hacer respirar el equipo y conseguía algún foul, real o inventado. Porque es cierto que sabía actuar el Negro, pero también es una realidad que recibía murrazos a lo loco. Es de goma el Pato. Patadas descalificadoras que hubieran sacado a cualquier jugador de la cancha, él las recibía, cobraban falta y se levantaba para seguir jugando. Su físico, inmaculado, además le permitía estar los noventa y pico de minutos que durara el encuentro corriendo como un loco, ayudando a sus compañeros marcando en el retroceso o manejando los contraataques. El motorcito Sánchez se lo bautizó en cierto momento. Y sí. El Negro estaba en todos lados y todo el tiempo. No se cansaba, tampoco se achicaba. En los momentos clave, aparecían los goles de Carlitos, que siempre terminaba las jugadas pisando el área rival. Y no en cualquier lado. Sánchez habrá comprado por ahí el gps de la pelota. Sabía, intuía, a dónde iba a terminar la jugada. Quizás este aspecto fue uno de esos que mejoró el uruguayo reflejándose en su entrenador, que siempre tuvo la inteligencia para entender más que otros mortales el secreto de este juego.

Después vino la tan ansiada Copa Libertadores de América. El plantel y su cuerpo técnico ya habían sacado chapa de internacionales. Sabían jugar los compromisos mano a mano con una intensidad y concentración que otros no lograban. Quizás por eso, sorprendió cuando se clasificó a los octavos de final con el peor puntaje, “por la ventana” como se diría. Quizás por eso tuvo que esperar hasta la última chance que tuvo, empatando un partido contra Tigres en México que hasta los 86’ perdía 2-0.

Como dijimos, River obtuvo el peor puntaje de los 16 clasificados a la próxima instancia y debía enfrentar al que más puntos había cosechado en la fase de grupos: Boca. River-Boca, en octavos de final. Escenario ideal para el equipo de Gallardo. Partido colmado de hinchas en el  Monumental. Penal a los 80’ del segundo tiempo. Escenario ideal para Carlitos Sánchez. El uruguayo agarró la pelota, la puso en punto blanco y le dio secó desde los 12 pasos para vencer a Orión. Una muestra más de los huevos de este pibe, que no se esconde y da el presente cuando a otros les tiemblan las patas.

El lamentable episodio del gas pimienta y abandono de los rivales de siempre hizo que el Millonario acceda a los cuartos de final, donde tocaba Cruzeiro. En la ida, en cancha de River, los brasileros se impusieron 1-0. En Brasil, el equipo de Gallardo dio una muestra de carácter con baile incluido, ganando 3-0 con otro gol más del Negro Sánchez.

Faltaban dos pasitos para coronar, con el título más importante del continente, todo el trabajo y el esfuerzo que hacía el equipo. Humildad, remarcaban en cada entrevista a los medios. Pasó Guaraní, de Paraguay, conjunto que había eliminado a Racing. Fue 2-0 en Núñez y empate en uno en Asunción, con el estreno en las redes de un tal Lucas Alario.

La final sería contra un viejo conocido de la fase de grupos, Tigres. En México el empate en cero dejaba la cuestión en suspenso, aunque el técnico millonario declarara que ya éramos campeones- acá no hay mufa que valga, sino un tipo con una seguridad plena y muchísima confianza en sus jugadores-.

No voy a retratar en esta columna lo que significó levantar la Copa, por fin, porque dicho relato se merece un destacado aparte. La fiesta que se vivió en las tribunas se plasmó en la goleada 3-0, con goles de: Alario, el primero, cuando promediaba el primer tiempo, tras un lindo centro de Vangioni; Carlos Sánchez, cuando no, de penal, con los nervios de acero y tan convencido de convertirlo que se sacó de encima a un referente como Cavenaghi, quien quería ejecutar; y Ramiro Funes Mori, el ganador del que ya hemos hablando en este repaso de Glorias Millonarias.

El festejo de los hinchas fue eterno, pero el del plantel y cuerpo técnico duró mucho menos. Tuvieron que viajar a disputar la Suruga Bank, una copa que enfrentaba al campeón asiático contra el ganador de la Sudamericana. Las desinteligencias en los calendarios FIFA estuvieron a la orden del día. Los flamantes campeones querían disfrutar con sus familias, con amigos. No pudieron siquiera tomar dimensión de lo que habían logrado. Y los japoneses fueron quienes más lo padecieron. Otro 3-0 millonario, otro gol de penal de Carlos, otra vez de penal, solo que esta vez fue el que abrió la cuenta. El orden de los factores no altera el producto. Aquí el factor es este uruguayo increíble de condiciones tácticas, técnicas y físicas extraordinarias y un hambre de gloria notoria. El producto son los títulos, los campeonatos. Cuatro obtuvo entonces Carlos Sánchez. Y cuatro fueron los goles decisivos que marcó Carlos Sánchez, para llevarse el record de máximo goleador en finales de copas internacionales con River, con 4 en 7 partidos.

Como no podía ser de otra manera, su altísimo rendimiento en River lo llevó a ser parte de la Selección uruguaya. Con la Celeste lleva disputados 28 partidos y un gol. Es titular en el equipo del Maestro Tabárez y no piensa moverse de ese lugar.

Su historia en River continuó. Ese segundo semestre del 2015, el equipo, empachado de títulos y pensando en el gran desafío de jugar una final del mundo frente al Barcelona, bajó bastante su nivel. Se relajó podría decirse, aunque si lee esto el entrenador no le va a gustar mucho. El River de Gallardo juega por objetivos. Casi siempre que se propuso un objetivo concreto lo logró. Desde este lado, no somos del todo conscientes del desgaste físico y mental que los jugadores y el cuerpo técnico hicieron para conseguir el título que más obsesionaba a los hinchas de River. Y lo hicieron. Se quedaron con la Copa después de 19 años y nos brindaron una ilusión hermosa que fue enfrentar a Messi y compañía en el Mundial de Clubes. Ese objetivo no se logró y el equipo se desarmó. No hay nada para reprochar, al contrario, el agradecimiento es eterno.

Carlitos siguió su carrera de nuevo en México. Esta vez no fue a préstamo sino que le compraron el pase. Rayados de Monterrey adquirió los servicios del 8 mágico uruguayo. En el club donde juega también el otro Funes Mori – el no grato para el hincha millonario, digamos para ser suaves- disputó 20 partidos y marcó 9 goles en 2016.

Después de su partida, River ha tenido partidos buenos, regulares y malos, pero lo cierto es que no ha vuelto a jugar con un número ocho. El esquema táctico se adaptó a su salida y el equipo ocupa otros espacios. El hincha lo extraña. Enganchamos algún resumen de la liga mexicana para verlo en acción o estamos atentos a los partidos de Uruguay en las Eliminatorias para alentarlo. El hincha quiere que vuelva a River, a correr, a meter, a pedirla, a hacer goles. Queremos que Carlitos Sánchez vuelva a encender el motor que recorre toda la cancha.

Escrito por: Diego Adur

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