Pipo Rossi, un cinco inolvidable

Néstor Raúl Rossi, más conocido como Pipo, nació un 10 de mayo de 1925 en Parque de los Patricios pero al crecer se mudó a Núñez. Como quien dice, tenía una casa cerca de la otra, su residencia estaba tan sólo a cincuenta metros del estadio Monumental, su lugar en el mundo.

Pipo, rápidamente demostró que estaba destinado a brillar en el fútbol argentino. No era de los que corrían alocadamente sino de los que piensan con cada vez que tienen la pelota a sus pies. «Al recibir la pelota ya tenía una idea titular y dos suplentes de lo que iba a hacer con ella», destacaba Juan Carlos Muñoz. Con sólo 15 años y jugando en la quinta división Rossi fue el protagonista de un fichaje récord, 5.000 pesos, una locura en aquella época y en esa categoría.

Jugó 156 partidos en Primera desde que debutó el 25 de junio de 1945, reemplazando a Manuel Giúdice en una victoria 2-0 ante Racing, en Avellaneda y desde entonces comenzó una etapa dorada.

Del fútbol argentino emigró en 1949 primero a Colombia para jugar en Millonarios, donde coincidió con Di Stéfano. Ese equipo cruzó el Atlántico para realizar una gira por España y Di Stéfano se quedó en el Real Madrid. Rossi regresó. Aseguraba que no se había quedado en Madrid porque no había querido. De Colombia volvió a River.

A base de triunfos y un juego intachable, Pipo alcanzaría muchos años de consagraciones con La Banda. Es que no solo logró el título de 1945, sino que además dio la vuelta olímpica en 1947 y en el primer tricampeonato de River (1955, 1956 y 1957).

Fue parte de dos grandes equipos: La Máquina de River en la década del 40 y la Selección de los Carasucias que conquistó América en 1957, tras golear 3-0 a Brasil. También se consagró campeón en el Sudamericano de 1947, en Guayaquil y jugó la Copa Mundial de Suecia de 1958.

Algunos años después de jugar el mundial, más precisamente en 1961 decidió retirarse del fútbol y comenzar su carrera como entrenador. El paladar negro que tuvo en sus tiempos de jugador lo mantuvo cuando se calzó el buzo de entrenador. Tras armar en 1973 uno de los dos mejores equipos de la historia de Atlanta en Primera División, al año siguiente aceptó una oferta del Elche, de España y se fue a Europa. Quizás uno de sus más grandes logros fue hacer debutar nada más ni nada menos que a Daniel Passarella.

Pipo falleció el 13 de junio de 2007  producto de una grave enfermedad, tenía 82 años. Un gran número 5, exquisito como pocos, hombre de gran presencia y vicioso de la pisada.

Cada vez que podía tenía la pelota bajo su pie y mareaba a los rivales pisándola con su botín 44, por eso uno de sus apodos era Patón. A Pipo se lo considera uno de los inventores de su puesto. Pese a ser aguerrido y calentón, también respondía al gusto de los espectadores del buen fútbol. No soportaba que la pelota no llegara justa, medida, mansita para una circulación prolija y vistosa como la que, a modo de mandato sagrado, él había aprendido a respetar al lado de cracks como Moreno, Pedernera y otros que hacían del toque una religión. Y por eso, cuando sus compañeros no mostraban ese mismo respeto llegaba inmediato ese grito quejoso, de vozarrón áspero y bien “futbolero”. Una de sus frases más recordadas, y que reflejan su amor por el buen juego es: «El que no pasa la pelota al pie es una mala persona».

Por: Luciana Contreras

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